
La experiencia de la muerte coincidirá en el libro de Zariquiey con el descubrimiento de la propia perspectiva, con la herencia de la observación. En sus dos secciones, el libro presenta un breve proceso de maduración en el que vemos transcurrir las primeras y cálidas intuiciones de la infancia para dejar lugar a la medular contemplación del padre agonizante, en una pérdida asumida como el asiento de aquel tránsito hasta que se vuelve identidad.
Al asumir aquella carga se asume la interlocución del ido frente a la familia y al mundo. Ya con el precio de la tragedia, el libro expresa la herencia del temple y observación paternales, transvertidas en anécdota, en palabra familiar.