
Sin duda, su dependencia de la figura del marido no es solo una consecuencia de haber asumido fielmente los paradigmas amorosos, sino que responde también a una serie de presiones propias de la vida social que son ampliamente desarrolladas y expuestas en el libro. Una firme intención de ordenar la vida ajena -lejos incluso de ordenar la propia- coincide comunmente en la madre de nuestro personaje, en su suegra, y en su amiga Jacqueline. Como dispuestas por la presión de lo convencional, se suceden y convocan entre sí para acudir en auxilio y -sobre todo- tortura suya, develando los peligros del ritual social a través de sus apariciones. Paralelamente, una serie de excursiones por la ciudad avivan, sumadas a la desesperación inicial, una serie de visiones caoticas de la ciudad y la playa visitadas en tales travesías. Las percepciones se integran a su cuerpo e influyen en la complejidad de las personas que la rodean, devienen en apariciones sucesivas, espectros de su marido que intersectan el vacio dejado desde el inicio.
Pero además de la revelación y las evidencias comentadas, lo demás es fracaso. Lejos de pensarse solitaria ahora, la protagonista, luego de que una reunion "llena de extraños" organizada por su madre no logre insertarla en la 'normalidad' presentada, se devuelve a la soledad del departamento y a la contemplación de un último fantasma -el mismo en realidad-, que se queda para siempre deambulando ante sus ojos. "Pero me daba miedo descubrir, si lo aferraba, que no estaba aquí y encontrarme con que tenía en el puño [...] un concentrado fosil, [...] solo se me habría ocurrido dejarlo en una estantería para que se llenase de polvo". Cuando su temor se confirma, la enajenación que tanto ha pretendido este relato queda cristalizada completamente ante nuestros ojos: "cuando me volví a ver sola en la tartamudeante luz del alba y empecé a pensar [...] fue precisamente entonces cuando deje de preguntarme si mi marido sentía y veía todo de la misma forma como lo veía yo".