
Nacido en una generación donde todos los autores han derivado siempre en ejercicio de autobombo, Watanabe fue una presencia silenciosa y constante, tanto si pensamos en su personalidad característica, como si hablamos de su poesía. Es lamentable la partida de un autor que siempre buscó estar detrás de sus libros y no sobre ellos; de un autor que, además, recién empezaba a gozar de un merecido reconocimiento más allá de nuestras fronteras. Como se sabe, Watanabe estuvo dedicado a muchas actividades extra literarias. Interesado siempre en muchos problemas de la cultura peruana, su interés en decir sobre lo peruano está plasmado en su trabajo como guionista y en las respuestas que brindó en entrevistas. Su poesía no estuvo ajena a ese esfuerzo. Siempre buscando un punto común con el lector, Watanabe hizo una poesía que volvía visible el deslumbramiento personal ante los misterios esenciales de la vida común, un lenguaje que marca e impacta por su capacidad de decir en un lenguaje que también se interpela y se capta con las emociones. Una pena. Mejor leerlo. Siempre.