Tu mirada se me clava en los ojos como una espada

Una gran mutilación

Tres Romeos

Paroxismo de un filántropo
Notas sobre libros, música, y otras cosas que nos hagan hablar.



Nacido en 1930 en la localidad de San Luís de Maranhao, Brasil, Ferreira Gular –seudónimo de José Ribamar Ferreira- es uno de los poetas contemporáneos en lengua portuguesa sobre los cuales se ha venido difundiendo una recepción originalmente extendida -en su lengua- sobre el grueso de su obra. Perteneciente a un contexto familiar totalmente ajeno a la cultura letrada, e incluso procedente de un entorno rural, Ferreira Gular proyecta en sus versiones líricas una poderosa capacidad de desentrañar lo cotidiano a partir de la trascendencia de las pequeñas cosas. Pienso especialmente en su libro Poema Sujo, que es el relato vertiginoso y delirante a través de una ciudad que parece siempre estar hiriendo a quienes viven en ella y la observan. Una dimensión del lenguaje que pretende reproducir lo que gira ante los ojos solitarios y pesismistas de su protagonista caracterizan un proyecto que bebe directamente de las voluntades constructivas de la poesía britanica de comienzos del XX, matizadas con el desarrollo de los modernismos portugueses, equivalentes a nuestras vanguardias. Todos estos aspectos de su obra se resuelven plenamente en sus textos de finales de los años cincuenta, y no como consecuencia inmediata de su proximidad a los autores que formaron parte de revistas como Noigrandes 1, sino como producto natural de su propia indagación en la escritura y sus convencimientos particulares.
Escrito durante los años de su exilio latinoamericano, en el que sus convicciones políticas se fueron materializando de forma consciente en la escritura, Poema Sujo refleja la integración de motivos personales fundamentalmente existenciales a una conciencia de que las igualdades -aún más que las diferencias- tambien pueden resultar alienantes. El desarrollo de esta optica de la ciudad, tan difundida en la lírica latinoamericana de los años sesenta y setenta, también en el XX –la poesía peruana la desarrolla ampliamente-, presenta una versión que se distinguiría más poderosamente por la precisión con que nos muestra un tiempo saturándose de vida, en el cual se vive demasiado simultaneamente: todo –y todos- presentes a la vez. Con ello, Ferreira Gular desarrolla una versión coherente consigo misma, frente a proyectos que se estancan en torno a huellas individuales de verdades no repetidas, convicciones planteadas ideológicamente pese a compartir con sus lectores experiencias que dejan huellas a modo de revelaciones.
En diciembre de 2004, la revista Rolling Stone publicó un ranking de 500 discos y 500 singles trascendentales para la historia del rock. Ya que se hizo contando con la votación del público -vía web-, ese ranking refleja, de algún modo, el fuerte predominio del canon 60's y 70's como paradigma creativo para el cambio y evolución posteriores en el género y en la música popular en general. Pero tambien deja notar que el valor que se ha brindado a los recientemente terminados noventas sigue mucho más encendido que la posibilidad de probar esa pervivencia respecto de los cánones ochenteros; replanteados, reformulados, criticados y en algunos casos destruidos por el desarrollo de una estética que no se sintio tan deudora de su influencia. No niego la presencia de sus códigos en distintos géneros noventeros porque cierta inventiva y producción utilizaron conscientemente sus claves para producir productos nuevos y frescos -Madonna y Guns n' Roses, por dar un ejemplo, tuvieron un exito irrefutable a comienzos de la década pasada mediante la extensión de estilos que con el tiempo se fueron transformando y borrando-, sino porque buena parte del rock de los noventa se planteó desde el descontento con formas creativas ya agotadas. Ello produjo un buen forado aquí, debido también a que los ochenta tiene menos discos para escuchar de una tirada que los sesentas, setentas y noventas. Pero como quien recompensa las expectatias de una época, podemos encontrar en el ranking de temas una presencia algo más significativa de sus sonidos e influencias, y también, por supuesto, un equilibrado panorama de las diversas tendencias rockeras desarrolladas a lo largo de los años.
La verdadera dimensión de un escritor suele apreciarse de mejor manera cuando se le observa a través de su trayectoria. El conjunto de la obra de Jorge Eduardo Eielson no ha esperado el fin de su vida para recibir una atención respetuosa, que bien pudiera confundirse en muchos otros casos con el efecto bondadoso que la muerte imprime sobre aquello que toca. El poeta, narrador y artista plástico que habitó en su cuerpo ha dejado estupendos testimonios de su paso por el mundo, y sobre todo representó una singular forma de entender la expresión artística y armonizar de manera personalísima sus códigos y lenguajes. La fundamental necesidad comunicativa que ha caracterizado su obra poética, junto con la mejor herencia de tradiciones literarias y culturales tan dispares -desde el simbolismo de la poesía de la modernidad francesa hasta el zen que cristalizó según las posibilidades de un occidental en sus textos finales- son la mejor muestra de una incesante búsqueda de la perfección, para lo cual comprometió su trabajo con diversos lenguajes artísticos y comunicativos. Poemarios como Reinos, Doble Diamante, Habitación en Roma, Noche Oscura del Cuerpo, Ceremonia Solitaria, y los más recientes Sin Título y Celebración, su novela El Cuerpo de Giulia-no, además de su plástica y visual en Nudo y Quipu merecerán desde ahora una atención renovadora, que tal vez deba progresar por directrices externas al muchas veces en su obra descrito metalenguaje, para atacar la condición finita y circunstancial de la existencia, que domina tanto su inicial aprendizaje de la modernidad literaria centro europea como sus diversas y profundas observaciones de culturas precolombinas peruanas, y de culturas tradicionales orientales, en busca de una versión novedosa y atenta al desarrollo contemporáneo de la humanidad que, sin abandonar sus motivaciones mas esenciales, tuvo siempre al alcance. Que su desaparición coincida con el mejor homenaje posible, la continuación de cierta labor crítica iniciada durante los noventa que, concentrada todavía en la imagen del artista, necesita del ensayo de lecturas renovadoras sobre su nacionalmente ya difundida obra y ya no tanto del ritual de la mitificación que siempre algunos se empeñan en trazar ante la muerte, cuando la idea es conservar entre los receptores de su obra el espíritu del J. E. E. que nos habitó hasta hace muy poco.

Hace unos meses leí la segunda novela de Marie Darrieussecq, titulada como este post y publicada por primera vez en 1998 -la edición en español es de 1999-. En ella, una mujer joven, que cuenta apenas siete años de casada, descubre lentamente que su esposo, cansado de hacerlo todo, no regresará de comprar el pan. Aprovechando una serie de accidentes, entre los que coinciden la crisis de identidad matrimonial, el abandono, la aprensión hacia una identidad exterior -que pasa de ser complemento a esencia de uno-, y una ingenuidad que deconstruye y envuelve el relato, esta segunda entrega de Darrieussecq nos entrega el relato limpio y sencillo de un abandono que ha sido delineado equivocadamente por una perspectiva turbia, tal vez gracias al exceso de quietud y a la pasividad de su protagonista. Aprovechando una serie de códigos narrativos que nos presentan a través de parcialidades bien elegidas y una caracterización ejemplar de la ingenuidad y el autoengaño, que discurren sobre una prosa un tanto lírica, pero precisa y sencila, Darrieussecq hace un logrado personaje femenino cuya condición -siempre esperarlo todo del marido- le deja como saldo un doloroso y extendido descubrimiento que la traslada desde la dependencia exagerada de su marido hacia la orilla de la resignación, que en la novela es -desde luego- la de la lucidez.Este es el texto que leyó Jorge Wiesse durante la presentación de mi libro. Como muestra de mi gratitud por una presentación tan cordial y lúcida, le pedí me permitiera ponerlo en este Blog.
Impresiona desde el primer momento la voluntad constructiva de [catedral], primer poemario que nos regala José Miguel Herbozo dentro del sello estruendomudo. Cinco secciones que agrupan siempre un número impar de poemas (cinco la primera sección y tres las demás). La recomendación de Verlaine (“Preferez l’impair” ‘Preferid lo impar’) adquiere sentido para establecer relaciones entre secciones o entre poemas. Así, la tercera sección es la central, lo que hace que la primera y la quinta, la segunda y la cuarta mantengan entre ellas relaciones simétricas o especulares. Lo mismo puede decirse de los poemas centrales de cada una de las cinco secciones: [pentagrama], [mediodía], [catedral], [hombre derrotado por el miedo], [último rayo] y [la mirada] .
Salvo [la pausa], un poema que remite a una cotidianidad cristalizada, purificada, condensada, a lo Watanabe (el pescado que el sujeto asa en la sartén y que lleva al infarto, en una secuencia –vida y muerte [la del pescado]-vida y muerte [la de quien se lo come]) y que curiosamente parecería jugar con las rimas asonantes (bullía:comida:saliva:día:caída:vida), el resto de los poemas presenta una notable unidad de estilo. En efecto, el verso libre es el marco adecuado para una sintaxis elíptica que avanza por bloques casi discontinuos, como si el poeta hubiera querido matizar la monumentalidad y la simetría de la disposición del libro con esta retórica de lo discontinuo y lo fragmentario. Sin embargo, como en la mejor Modernidad, estas discontinuidades son, además de procedimientos de extrañamiento, modos de catalizar nuevas relaciones, de encontrar en la quiebra de la fluidez la posibilidad de nuevos órdenes.
Me ha llamado la atención el primer poema, [verbo], pues pienso que en él se pueden observar con algún detenimiento procedimientos y características que también podrían postularse de otros poemas del libro.
La voz que se extravía se convierte
la mariposa tenue
gira levemente en su alzada:
palabra que silencias el silencio
que plena en libertad encubres tu suplicio
abandona aquel estado de reverberación
agitación
estupor que principias estupor
hoy alimentas
aquella porción de luz
que cuelga desde las alturas
reflejo del paisaje que contempla
el hábito del hombre cubriéndose de hastío.
Los dos puntos parecerían indicar el primer límite. Luego de ellos, la equivalencia de la tercera estrofa, que coincide con una pausa de sentido equivalente al punto aparte. Las tres estrofas finales constituyen una sola oración quebrada por pausas versales y estróficas que refuerzan la impresión de discontinuidad.
16/11/05
Una lírica llena de marcas vitales, despojos y muerte nos ofrece el segundo libro de Roberto Zariquiey, Un charco en la otra cuadra. Aparecido en diciembre del 2004 -recuerdo apenas una reseña que hablaba más de la trayectoria que del libro y que circuló apenas en la PUCP- esta segunda entrega desarrolla un sentido de existencia surgido de una sucesión de conflictos e inseguridades nacidos ante la experiencia de la muerte.
Con el libro que mostramos en la imagen, Victoria Guerrero abre una nueva colección de poesía en la editorial Estruendomudo. Dentro de la estética y patrones ideológicos que han revestido a la poesía peruana de los 90, la cuarta entrega editorial de Victoria refleja las tensiones sociales y la indiferencia radicalizada en el espacio hostil de la ciudad de Lima en esos años, revisitados desde una distancia quejosa, doliente y a la vez complacida con la posterior supervivencia de la voz, que en el presente del libro se concibe madura e increada. |
Hace unos meses leí la novela (1909) de Andre Gide que titula como este post y encontré en ella un pasaje -una carta de Alissa Bucolin a Jerome, su primo- que me hizo comprender conversaciones que no lograba descifrar. La novela trata la adolescencia de un muchachito llamado Jerome y más concretamente de una extraña relación con una de sus primas -Alissa- para presentarnos una reflexión sobre las necesidades vitales puestas frente a la moral del mundo adulto que termina regulando la vida de estos niños llenos de sueños. La novela puede no ser brillante para algunos, pues presenta algunos descuidos en el argumento, incluso una incomoda exacerbación de la experiencia 'mística' de los personajes la podría hacer pasar por solemne o cursilona para algunos, pero tiene sin embargo la virtud de desarrollar psicologías ricas y complejas que se vuelen envolventes. Una pasaje -una carta de Alissa Bucolin a Jerome- dice mas o menos algo así como "no lo hago por ti... lo hago por egoísmo". El resto es lo de menos, o al menos tuve esa impresión al leerla. Sea cual fuere el motivo real de Alissa, al continuar uno las páginas de la novela irá descubriendo cuanto de mascara se puede encerrar, desde la negación de los sentimientos, hasta desembocar en el error, los idealismos y los arrepentimientos.