

Notas sobre libros, música, y otras cosas que nos hagan hablar.




Uno de mis libros favoritos de Pablo Guevara es Un iceberg llamado poesía. A partir del accidente del Titanic, Guevara explora el hundimiento del mítico crucero como punto de partida para una serie de cuestionamientos artísticos e ideológicos que se despliegan en el aparente lenguaje de una crónica, pero terminan siendo viajes por la conciencia de una voz poética que plantea el fracaso de la modernidad.


Creo que la primera novela de Francisco Ángeles debe ser una de las apariciones más recordables de nuestra narrativa reciente. Tanto la modalidad narrativa que elige y ejecuta, los temas que explora y la relación particular que un libro de este carácter tiene con otras apariciones de la década me parecen sencillamente interesantes.
La línea en medio del cielo cuenta la historia en que Ignat recuerda las circunstancias de la muerte de Virginia, transcurrida varios años antes de que Ignat se decidiera a escribir la historia. Esta novela propone un modelo narrativo que intenta reconstruir los hechos del pasado pero no lo hace cronológicamente: en todo caso, se podría decir que parte en un momento de la relación entre Ignat y Virginia, y termina revisitando la muerte de la última tras volver a narrar el comienzo de la historia, pero desde otro punto de vista. Así, la estructura del relato que parte del final y va hacia el comienzo representa un retorno en búsqueda del sentido del pasado, un círculo que cuenta dos veces las proximidades de la muerte de Virginia. La novela se ordena alrededor de la acumulación de experiencia y la culpa por la muerte que la soledad genera en Ignat, el protagonista.
La línea en medio del cielo propone un especial acercamiento a sus personajes a partir de dos creencias: la primera es que el narrador parece confiar en la capacidad de las pulsiones y los momentos de tensión para revelar la naturaleza profunda de las personas; la segunda es la determinación de las vidas más simples a los hechos del poder. Mientras el tema de las pulsiones es fundamental porque organiza la historia a partir de la muerte de Virginia, (mediante la pulsion de muerte o el final de la virginidad de Virginia); el tema del poder ha sido planteado de una manera tan fría que algunos lectores lo han considerado un error, pues les parece un accesorio para poder contar la historia. Sin embargo, creo que el libro hace bien en desprenderse un poco de un marco político (acaso los noventa), en especial ahora que hablar de narrativa peruana no vale si no se habla de sendero. Lo que esas menciones aparentemente tangennciales a un poder que nos determina son importantes porque genera las condiciones para el desenlace, la muerte de Virginia. Y aunque el vínculo se pudo escribir en ese lenguaje que parece explorar la última verdad de Ignat, y resultar así más cálido, se puede redondear este tema regresando a una determinación en lo politico que cree en el poder de la ficcion para entender que lo politico es un relato que se le cuenta a la gente para manipularla.
A partir de la modalidad narrativa y los temas mas recurrentes, se pueden establecer algunas conclusiones importantes en relacion con lo que se viene produciendo en narrativa peruana. Sin duda, y pese a sus diferencias, estamos ante un libro que cala bien en el catalogo de su editorial, pues es una novela que esta inscrita fundamentalmente en las claves de una narrativa mas preocupada en el cuidado de la prosa y en la exploracion de los rasgos de identidad de sus protagonistas. En ese sentido, tiende puentes con novelas como Casa de Islandia de Luis Hernan Castaneda o Habrá que hacer algo mientras tanto de Ezio Neyra, pese a la notoria diferencia de obsesiones de los dos mencionados.
Después de todo, queda la impresión de que todavía se puede escribir narrativa indeterminando las historias, jugando en el límite de las posibilidades de la ficcción realista y explorando otras formas de representación. De hecho, La línea en medio del cielo es un libro que pone como tema el lugar de Mario Bellatín en nuestra literatura, acaso el narrador que más ha experimentado con las posibilidades de representación de latinoamérica sin convertir a latinoamérica en su tema central (me refiero, al menos, a la primera etapa de Bellatín) durante los años noventa y los primeros de esta década.
Desde hoy 24, mañana 25 y el miércoles 26 de este mes se realizará en Lima el segundo Conelit: Congreso Nacional de estudiantes de Literatura que realizan en esfuerzo la Universidad Nacional Federico Villareal, San Marcos y Católica. Las actividades se realizarán en el campus de la PUCP hoy y mañana, y el miércoles en la casona de San Marcos. Este año participaré en dos mesas: un recital que se llevará a cabo el martes a las seis en el auditorio de Humanidades PUCP y el miércoles en una mesa sobre Literatura Hispanoamericana del XIX.
Hay mucho más que decir probablemente, pero hay más que influencias. Un segundo tema que comentaré el es de los riesgos formales que Mariano asume. No voy a decir que es un mérito escoger las influencias porque todos los que escriben escogen sus influencias, (tema de lo teatral / la obsesión porno no estilizada) pero sí diré que Los Mutantes representa una ligera renovación entre la narrativa local reciente pues se aleja de muchos moldes. Lo que Mariano escribe está en la frontera entre el realismo sucio y formas como el gore o la estética cómic, en las que todo se ironiza, se exacerba y suaviza simultáneamente; como para escapar de la impresión de que Borges y Cortazar han publicado hace unas semanas que deja gran parte de la narrativa peruana reciente.
Hay dos puntos en particular que contienen gran parte de ese riesgo. Uno es el Manifiesto publicado en el periódico clandestino El Averno. Allí hay, fuera de las claves que sugieren muy tangencialmente una apuesta por romper con el espíritu de esta época, o de la época del libro, hay una apuesta por saltar las páginas de la ficción y meter las narices en la realidad, por decir más que solamente jugar a las formas. En el Manifiesto, la apuesta va del lado de la imaginación, y se apoya en la búsqueda de una razón alterna que ayude a encontrar la identidad, que libera de la alienación, y desde luego, que justifica la ficción.
Además, otro aspecto importante de ese riesgo está en el nudo que se forma entre el aprendizaje de Nino cuando es entregado por sus amigos al camionero y rescatado por Los Mutantes, y las tangenciales apariciones de los nobles. Una estrecha relación de control aparece en esta complicada caricatura de una sociedad donde el orden de las cosas está controlado desde el poder. Sin embargo, como sucede en la realidad, la función significante del dinero hace invisible el poder. Si como dice el manifiesto, la cosmovisión caricaturista y el pensamiento libre son caminos para entender una realidad ajena y controlada, la ficción que Mariano construye con Los Mutantes es, con el desenlace que tiene, un proyecto cumplido, el manifiesto su llave, y Nino el producto de este breve y arriesgado acto de conciencia.



